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.Nuestros hombres continuaron arrastrando la carreta por el rocoso suelo.Guzan hizo una seña a sus lanceros, los cuales se acercaron en una desordenada pero alertada masa.Etien dio una orden.Nos pusimos en línea de combate, las picas hacia adelante, los mosquetes apuntando.Guzan retrocedió.Le habíamos demostrado el poder de las armas de fuego en su propia isla.Era indudable que podía vencemos con la fuerza del número, pero a un precio muy elevado.—No hay ningún motivo para luchar, ¿no es cierto? —dijo Rovic—.Me limito a tomar precauciones.La Nave es algo muy valioso.Puede traernos el bienestar a todos.o el dominio sobre esta tierra a uno.Hay quienes prefieren esto ultimo.No te acuso de ser uno de ellos.Sin embargo, como medida de precaución convertiré la Nave en mi morada y mi fortaleza, mientras tenga que permanecer aquí.Creo que en aquel momento me convencí de las verdaderas intenciones de Guzan.Si de veras hubiera deseado alcanzar las estrellas, su única preocupación hubiera sido velar por la seguridad de la Nave.No hubiera agarrado al pequeño Val Nira entre sus poderosas manos, poniéndolo delante de él, como un escudo contra nuestro fuego.El furor desfiguró su semblante.Y gritó:—¡Entonces, también yo guardaré un rehén!Los Hisagazy alzaron sus lanzas y hachas, pero no parecían dispuestos a seguirnos.Continuamos nuestro camino hacia la Nave.Froad se acarició la barba pensativo.—Mi querido capitán —dijo—, ¿cree usted que van a sitiarnos?—No le aconsejaría a nadie que se atreviera a salir solo —respondió Rovic secamente.—Pero, sin Val Nira para explicarnos las cosas, ¿de qué nos servirá permanecer en la Nave? Sería preferible que regresáramos.Tengo que consultar unos textos matemáticos.debo consultarle al hombre de las estrellas lo que sabe acerca de.Rovic le interrumpió dando una orden a tres hombres, para que ayudaran a levantar una rueda encallada entre dos piedras.Estaba furioso.Y confieso que su acción me parecía una locura.Si Guzan intentaba una traición, no ganaríamos nada inmovilizándonos en la Nave, donde podía sitiarnos hasta que muriéramos de hambre.Era mejor atacar en campo abierto, con la posibilidad de abrirnos camino luchando.Y, si Guzan no proyectaba acabar con nosotros, la actitud de Rovic era una insensata provocación.Pero no me atreví a hacer preguntas.Cuando hubimos acercado la carreta a la Nave, la escalerilla volvió a descender.Los marineros se detuvieron, aterrorizados.Rovic hizo un evidente esfuerzo para hablar en tono tranquilizador.—Vamos, muchachos, no pasa nada.Yo he estado ya a bordo, y no me ha sucedido nada.Ahora tenemos que subir la pólvora, tal como se había planeado.Por mi frágil constitución, no me hallaba en condiciones de cargar con los pesados barriles, de modo que me quedé al pie de la escalerilla para vigilar a los Hisagazy.Estábamos demasiado lejos para captar sus palabras, pero vi que Guzan se encaramaba a un peñasco y les arengaba.Los guerreros agitaron sus armas en nuestra dirección y lanzaron unos gritos salvajes.Pero no se atrevieron a atacarnos.Me pregunté en qué pararía todo aquello.Si Rovic había previsto que iban a sitiarnos, esto explicarla por qué había llevado tanta pólvora.No, no lo explicarla, ya que había allí más pólvora de la que una docena de hombres podían gastar disparando sus mosquetes durante varias semanas, suponiendo que tuvieran el plomo suficiente.Y, además, no teníamos provisiones.Miré hacia la cima del volcán, envuelto en nubes rojizas, y me pregunté qué clase de demonios morarían aquí para apoderarse de la voluntad de los hombres.Me sobresalté al oír un grito indignado procedente del interior de la nave.¡Froad! Estuve a junto de trepar por la escalerilla, pero no me moví, recordando mi obligación.Oí que Rovic le ordenaba que bajara, y apremiaba a los tripulantes para que se dieran prisa en subir la pólvora.Froad y Rovic habían estado hablando en la cabina del piloto durante más de una hora.Cuando el anciano salió, ya no protestaba.Pero, mientras descendía la escalerilla, me di cuenta de que estaba sollozando.Rovic le siguió, con el semblante más hosco que yo había visto en un hombre hasta entonces.Los marineros continuaron su tarea, aunque de cuando en cuando dirigían inquietas miradas hacia el campamento Hisagazy.Para ellos, la Nave era una cosa extraña e inquietante.Al fin terminaron su trabajo.Etien fue el último en bajar.—¡Formen en cuadro! —ladró Rovic.Los hombres se colocaron en posición—.Vosotros, Froad y Zhean, podéis ir dentro del cuadro.En caso necesario, ayudaréis a cargar los mosquetes.Tiré de la manga a Froad.—Por favor, maestro, ¿qué ha sucedido?Pero el anciano sollozaba demasiado para poder contestar.Etien se inclinó, con acero y pedernal en sus manos.Oyó mi pregunta —ya que reinaba un espantoso silencio a nuestro alrededor—, y contestó, con voz endurecida:—Hemos colocado barriles de pólvora alrededor del casco de la Nave, unidos por regueros.Y voy a prenderles fuego.La idea era tan monstruosa, que no pude hablar, ni si quiera pensar.Desde algún lugar remoto, oí el chasquido de la piedra sobre el acero en los dedos de Etien, le oí soplar y añadir:—Una buena idea.Dije que seguiría al capitán sin ningún temor.pero ojalá no hayamos ido demasiado lejos.—¡De frente! ¡Marchen! —rugió Rovic, alzando su espada.El pelotón emprendió un rápido avance.No miré hacia atrás.No pude hacerlo.Estaba sumergido en una especie de pesadilla.Puesto que Guzan había avanzado para interceptarnos el paso, nos dirigimos directamente hacia su tropa.Cuando llegamos al límite del campamento e hicimos un alto, Guzan avanzó unos pasos.Val Nira le seguía, temblando.Ollas palabras vagamente:—¿Qué pasa ahora, Rovic? ¿Estás dispuesto a regresar?—Sí —dijo el capitán.Su voz era inexpresiva—.Estoy dispuesto.Guzan le miró con aire suspicaz.—¿Qué has dejado detrás de ti?—Alimentos.Vámonos ya.Val Nira contempló las crueles formas de nuestras picas.Se humedeció los labios unas cuantas veces antes de poder balbucir:—¿Qué estás diciendo? No hay ningún motivo para dejar alimentos allí.Se echarían a perder antes de.antes de.Se interrumpió, mientras miraba a Rovic a los ojos.Palideció intensamente.—¿Qué es lo que has hecho? —susurró.Repentinamente, la mano libre de Rovic se alzó, para cubrir su rostro.—Lo que debía —dijo, en tono cansado.El hombre de las estrellas nos contempló unos instantes más.Luego se volvió y echó a correr.Cruzó entre los atónitos guerreros, en dirección a su nave.—¡Alto! —gritó Rovic—.Es una locura.Tragó saliva y contempló la diminuta y tambaleante figura que corría hacia la Nave.Guzan profirió una maldición en voz baja.Levantó su espada y avanzó hacia Rovic.—¡Dime lo que has hecho, o te mato ahora mismo! —exclamó.No prestó la menor atención a nuestros mosquetes.También él había tenido sueños, e intuía que en aquel momento estaban a punto de desvanecerse.Los vio desvanecerse cuando estalló la Nave.Ni siquiera aquella recia estructura metálica era capaz de resistir a una carreta de pólvora cuidadosamente colocada y estallando al mismo tiempo.Se produjo una explosión que me arrojó al suelo, y el casco de la Nave se partió en dos.Trozos de metal calentados al rojo zumbaron a través de la ladera [ Pobierz całość w formacie PDF ]